
Todo cuerpo tiende a un estado de mínima energía o estado de reposo y únicamente lo transforma alejarse de él, dejar el equilibrio por sus medios o por imposición, aunque sea por un instante.
Los seres que no son capaces de analizar llevan a cabo tareas repetitivas sin dudarlo, algunas veces por las condiciones climáticas o como consecuencia de su madurez; copian patrones de comportamiento y aprenden a enfrentar amenazas físicas con la práctica o simplemente cambian su morfología como consecuencia de reacciones bioquímicas con su entorno. Si se adaptan u otros los protegen, sobreviven; si no lo soportan, entonces dejan de existir.
Uno de los retos más grandes para el ser humano es la constancia, nosotros dudamos y poseemos cualidades por las cuales continuamos, modificamos o pausamos nuestra evolución.
Nicolás Maquiavelo, escribió en El Príncipe, que «la habilidad y la constancia son las armas de la debilidad», verdad que a más de 550 años, aun define el alcance de nuestro desarrollo como individuos y también como sociedad.
Sin importar el fin de nuestras intenciones, todo proyecto posee etapas; sin importar tampoco si tiene éxito, el llevarlo hasta su conclusión demanda el apego a un plan o su constante innovación. Lo pienso ahora como si durante todo el trayecto se caminará con zapatos ajustables por cordón, que de tanto en tanto se aflojan y es necesario volver a atar.
En la vida profesional, que es uno de los aspectos más mencionados actualmente, «no aflojar» es fundamental para conseguir objetivos competentes, es decir, medibles. En la vida espiritual, la segunda división más común, los términos suelen ser algo ambiguos, justificados y también ignorados; sin embargo, este último asienta las bases para que el resto de los aspectos humanos puedan ser captados con júbilo.
Independientemente de lo que haces para vivir, desde lo más básico, comer, caminar, respirar, etc. debes asegurar que los cordones se mantienen bien atados y a partir de ello llevar a cabo ejecuciones impecables; porque cada vez que decides no hacerlo, las consecuencias poco favorables tienen una probabilidad.
Los cordones recuerdan «constancia», el hacer de nuevo algo que has dejado, el cambiar el modo de ejecución. Es fácil identificarlo porque la caminata es incómoda, los pasos parecen menos firmes. Y es verdad que se puede caminar grandes distancias con los cordones flojos, desviarse los tobillos y dañarse la columna; quizá por ello te falten pasos o esquives horizontes con el potencial de robar tu aliento.
Por lo tanto, si surge la duda y sientes cualquier tipo de inquietud, tanto de fatiga como de emprendimiento, recuerda ajustar los cordones. Innecesario decirte la cualidad que definen, esa la identificas cuando te tomas el espacio, bajas la cabeza y te pones nuevamente de pie.
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